De liderazgos, muerdos y otros casos de conciencia

Que el señor Mújica, presidente de la República de Uruguay, venerable en su cargo y edad y como icono mediático de los progresistas de todo el mundo por su renuncia a las pompas y vanidades de la corte, acuda en persona al aeropuerto de Montevideo para recibir al futbolista Luis Suárez, expulsado de Brasil y su mundial de fútbol por morder a Chiellini, jugador rival del equipo de Italia, estando, como quien dice, el charrúa en libertad bajo fianza por otros arrumacos semejantes a rivales de diferentes equipos; y que el joven e impulsivo futbolista uruguayo ni se digne a saludarlo, da para muchas reflexiones. Mencionaré solo dos, que en realidad no son más que una:
O bien el venerable presidente se encuentra en periodo de asueto, libre de las abrumadoras preocupaciones y deberes de estado, o bien habrá alcanzado el buen hombre la conciencia plena en sus cavilaciones, ‘mindfullness’ le dicen, y no se le escapa un detalle de las penas y agobios de su amado pueblo o del último de sus ciudadanos.
Por otra parte, menos mal que el futbolista no vino a abrazar al venerable porque, si a Chiellini, que está esquelético y sin grasa, le ha tirado un buen bocado ¿qué no hubiera hecho ante la protonfálica humanidad del presidente de su república, plena de sabor a buen vino y churrasco de la tierra?
De cualquier modo, ¡cuidado con el ejemplo que dan estos jovencitos futbolistas a gentes de toda clase y condición! Ayer mismo sorprendí a un colega de mi (avanzada) edad diciéndole a su amig@ por el móvil ‘cuando te vea te voy a comer de arriba a abajo, ida y vuelta’ (sic). A mí, la verdad, al oírlo me vino un rubor verde que no fue más que pura envidia

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De Octavio Paz : ‘El ramo azul’

Este cuento lo leo y lo releo, como los de Juan Rulfo de El llano en llamas, y con ellos me siento como si me pusiera un traje hecho a medida

‘Desperté, cubierto de sudor. Del piso de ladrillos rojos, recién regado, subía un vapor caliente. Una mariposa de alas grisáceas revoloteaba encandilada alrededor del foco amarillento. Salté de la hamaca y descalzo atravesé el cuarto, cuidando no pisar algún alacrán salido de su escondrijo a tomar el fresco. Me acerqué al ventanillo y aspiré el aire del campo. Se oía la respiración de la noche, enorme, femenina. Regresé al centro de la habitación, vacié el agua de la jarra en la palangana de peltre y humedecí la toalla. Me froté el torso y las piernas con el trapo empapado, me sequé un poco y, tras de cerciorarme que ningún bicho estaba escondido entre los pliegues de mi ropa, me vestí y calcé. Bajé saltando la escalera pintada de verde. En la puerta del mesón tropecé con el dueño, sujeto tuerto y reticente. Sentado en una sillita de tule, fumaba con el ojo entrecerrado. Con voz ronca me preguntó:
-¿Onde va, señor?
-A dar una vuelta. Hace mucho calor.
-Hum, todo está ya cerrado. Y no hay alumbrado aquí. Más le valiera quedarse.
Alcé los hombros, musité “ahora vuelvo” y me metí en lo oscuro. Al principio no veía nada. Caminé a tientas por la calle empedrada. Encendí un cigarro. De pronto salió la luna de una nube negra, iluminando un muro blanco, desmoronado a trechos. Me detuve, ciego ante tanta blancura. Sopló un poco el viento. Respiré el aire de los tamarindos. Vibraba la noche, llena de hojas e insectos. Los grillos vivaqueaban entre las hierbas altas. Alcé la cara: arriba también habían establecido campamento las estrellas. Pensé que el universo era un vasto sistema de señales, una conversación entre seres inmensos. Mis actos, el serrucho del grillo, el parpadeo de la estrella, no era sino pausas y sílabas, frases dispersas de aquel diálogo. ¿Cuál sería esa palabra de la cual yo era una sílaba? ¿Quién dice esa palabra y a quién se la dice? Tiré el cigarrillo sobre la banqueta. Al caer describió una curva luminosa, arrojando breves chispas, como un cometa minúsculo.
Caminé largo rato, despacio. Me sentía libre, seguro entre los labios que en ese momento me pronunciaban con tanta felicidad. La noche era un jardín de ojos. Al cruzar una calle, sentí que alguien se desprendía de una puerta. Unos instantes después percibí el apagado rumor de unos huaraches sobre las piedras calientes. No quise volverme, aunque sentía que la sombra se acercaba cada vez más. Intenté correr. No pude. Me detuve en seco, bruscamente. Antes de que pudiera defenderme, sentí la punta de un cuchillo en mi espalda y una voz dulce:
-No se mueva, señor, o se lo entierro.
Sin volver la cara, pregunté:
-¿Qué quieres?
-Sus ojos? ¿Para qué te servirán mis ojos? Mira, aquí tengo un poco de dinero, No es mucho, pero es algo. Te daré todo lo que tengo, si me dejas. No vayas a matarme.
-No tenga miedo, señor. No lo mataré. Nada más voy a sacarle los ojos.
Volví a preguntar:
-Pero, ¿para qué quieres mis ojos?
-Es un capricho de mi novia. Quiere un ramito de ojos azules. Y por aquí hay pocos que los tengan,
-Mis ojos no te sirven. No son azules, sino amarillos.
-Ay, sseñor, no quiera engañarme. Bien sé que los tiene azules.
-No se le sacan a un cristiano los ojos así. Te daré otra cosa.
-No se haga el remilgoso, me dijo con dureza. Dé la vuelta.
Me volví. Era pequeño y frágil. El sombrero de palma le cubría medio rostro. Sostenía con el brazo derecho un machete de campo, que brillaba con la luz de la luna.
-Alúmbrese la cara.
Encendí y me acerqué la llama al rostro. El resplandor me hizo entrecerrar los ojos. Él apartó mis párpados con mano firme. No podía ver bien. Se alzó sobre las puntas de los pies y me contempló intensamente. La llama me quemaba los dedos. La arrojé. Permaneció un instante silencioso.
-¿Ya te convenciste? No los tengo azules.
– Ah, qué mañoso es usted -respondió, A ver, encienda otra vez.
Froté otro fósforo y lo acerqué a mis ojos. Tirándome de la manga, me ordenó:
-Arrodíllese.
Me hinqué. Con una mano me cogió por los cabellos, echándome la cabeza hacia atrás. Se inclinó sobre mí, curioso y tenso, mientras el machete descendía lentamente hasta rozar mis párpados. Cerré los ojos.
-Ábralos bien -ordenó.
Abrí los ojos. La llamita me quemaba las pestañas. Me soltó de improviso.
-Pues no son azules, señor. Dispense.
Y desapareció. Me acodé junto al muro, con la cabeza entre las manos. Luego me incorporé. A tropezones, cayendo y levantándome, corrí durante una hora por el pueblo desierto. Cuando llegué a la plaza, vi al dueño del mesón, sentado aún frente a la puerta. Entré sin decir palabra. Al día siguiente huí de aquel pueblo’

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Razón de los corazones

marcuse

La Escuela de Fránckfort, desde una síntesis de filosofía política, sociología, historia, arte y psicoanálisis, constituyó uno de los hitos del racionalismo crítico del siglo XX. Quizás el más mediático de sus miembros fue Herbert Marcuse, del que se cuenta que, en el lecho de muerte, le dijo a Jürgen Habermas, otro miembro del grupo. “Creo que finalmente he descubierto el fundamento de la ética. Es la compasión”

Habermas

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El Danubio y sus viajes

Aquí puedes encontrar el viaje de este río fascinante, el más largo de la Unión Europea y el segundo de toda Europa

 

 

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Chotis de navajas

Recuerdo ahora mismo la prensa deportiva madrileña alabando a Mourinho hasta la saciedad, portada tras portada, antes de aterrizar en el Madrid. Y luego comentando con deleite los detalles más irrelevantes del cuaderno, el traje, los gestos o los chicles, o analizando las circunstancias que rodearon la vida y apodos de este portugués trotamundos, trabajador y exitoso, convertido sin saber cómo en pareja de la prensa chulapa y canalla en un chotis apasionado.

Y veo ahora sus titulares, a estas alturas del año, con lo que queda aún de temporada, cuando en pocos días el club se juega dos campeonatos y todo su prestigio, noticias con los nombres de nuevos entrenadores para el equipo, bajas de jugadores titulares y fichajes ya firmados, en lugar de tratar los temas reales de actualidad del equipo enfrentado a sus nuevos retos. Y todo cuando el entrenador ha renovado por muchos años, lo mismo que los jugadores mencionados. La pareja chulapa y canalla, tirando de faca rebaña el riñón.

Como está claro que esto se hace con el mero ánimo de desestabilizar, meter cizaña y colocar en estado de agonía a entrenador, jugadores, club y afición para sacar tajada de cotilleos, escándalos y broncas varias; como ya hemos visto montones de entrenadores, jugadores y presidentes desangrándose por los costados por los navajazos de las plumas de estos chulapos resabiados de oficina; como ya han vendido la cosecha de fichajes y rumores por adelantado, si yo tuviera poder de decisión en el club, convocaba una rueda de prensa multitudinaria para pasarles una nota oficial anunciando la renovación de toda la plantilla y una política de congelación de fichajes. Y la cumplía, y veríamos qué vendían en época de vacaciones o cómo les sentaba cuando probaran de su propia medicina, la faca en el riñón en medio del abrazo.

Y sentir cómo duele el trance de pasar de ser “la favorita” a convertirse de repente en “la sonámbula”.

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Coincidencias, literalmente

Uno ya no sabe si las cosas pasan como pasan o es que se invocan mientras duermes.

Hace unos días Carmen Merino, una amiga antigua, compañera de la EOI de San Roque y gaditana, me mandó este mensaje por fb.

Hola Jesús Carlos, que tal todo?
La semana pasada estuve hablando con la escuela, concretamente con Manuela.¿ Te acuerdas de ella? Creo recordarla, ¿no trabajaba en Turismo de Algeciras? Dice que hacía yoga contigo. En fin, le pregunté por Pedro y me contó que falleció en Diciembre. Parece que estaba a la espera de un transplante de hígado que nunca llegó. Me quedé a cuadros, no me lo esperaba. Te llamé al móvil pero no insistí mucho por si estabas ocupado.
Bueno, sólo quería que lo supieras. Hablamos de nuevo. Un beso

Esto me lo escribió el mismo día en que empecé a leer “Hablar solos” , una novela de Andrés Neuman en la que un padre emprende un viaje en un camión con su hijo de diez años y dejan a la madre en casa. Ella es profesora de Literatura. El padre es transportista y padece una enfermedad terminal y este es su último viaje, cosa que uno no sabe hasta que avanza en la lectura del libro. Los tres hablan solos, efectivamente, y la madre comenta que no existe una literatura que hable de la enfermedad desde el puro punto de vista material del enfermo. Acabé la novela el domingo pasado. Transcurre en Argentina.

El lunes estoy en La Puerta de Tanhäuser tomando un vino y esperando que Celia y Mª Luisa salgan de la recepción a los profesores jubilados del 2012 que da el Ayuntamiento de Plasencia, cojo un libro de relatos de Roberto Bolaños “El gaucho insufrible” y, cuando lo abro, lo primero que leo hacia el final del libro es este párrafo en el que el autor enfermo asiste a unas pruebas con una doctora japonesa:

“Le pregunté por las posibilidades de éxito de un trasplante de hígado. Muchas posibilidades, dijo. ¿Qué tanto por ciento?, dije yo. Sesenta pol ciento, dijo ella. Joder, dije yo, es muy poco. En política es mayolía absoluta, dijo ella”.

A mi lado, en la barra, solamente hay otro cliente, un chico joven que nada más llegar comenzó a hablar familiarmente con la camarera de Paganini y de su enfermedad, el síndrome de Marfan, que produce en alargamiento notable de las extremidades. La acromegalia también produce ese alargamiento pero se produce en adultos, dice el chico. Ella es aún más joven que él. Llevan la conversación de la manera más natural.

Mientras, la extraña voz de Sting llena suavemente todo el local “on and on the rain will say how fragile we are”. En la calle cae una lluvia fina que no ha parado desde el sábado. Como un llanto callado del cielo.

Perdona, llamo a la camarera. Dime, cariño, me contesta. Ponme otro Ribera y cóbrame además el libro, le digo. Y retomo la lectura.

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El sueño del pez

“Todo se origina por azar y necesidad”

Dicen que hace 2500 años, un tal Demócrito de Abdera largó esta frase tan preñada de sabiduría como si estuviera viendo un TAC del universo.

Este visionario, este sonámbulo, como lo llamaba A. Koestler, también dio el nombre de ‘átomo’a la unidad indivisible, último constituyente de la materia, unidad en la que hoy en día la física cuántica ve mundos de partículas ultrahipermegainfintamente diminutas, siempre sometidas a frenética e impredecible actividad energética, a cuyo lado las turbulencias de la vida que percibimos parecerían un lago transparente de alta montaña.

¿A qué se refería Demócrito con su frase? Probablemente a que no hay en la naturaleza un propósito determinado, no hay un fin para cada cosa, sino que todo ocurre por la casualidad, pero también porque existe la necesidad del hecho, porque el hecho se produce solo bajo esas condiciones bien determinadas. Sin el azar y la necesidad nada existe.

Al respecto, en 1970, el premio Nobel de Medicina y Fisiología, el doctor Jacques Monod, en un librito científico titulado precisamente

El azar y la necesidad

dice que en la naturaleza se producen mutaciones infinitas y, sin embargo, no se produce mutabilidad en las especies que se mantienen invariables durante millones de años, hasta que en un momento determinado uno de esos cambios produce una mutación significativa. Según él, eso ocurre porque la estructura de la materia es teleonómica, o sea, tiene un propósito, una finalidad que es la que determina su evolución.

Para Monod hay dos principios básicos en los seres vivos: la teleonomía y la invariabilidad reproductiva, la segunda es la que conserva las especies y, combinada con la primera, hacen que un cambio ocurrido al azar, y sólo ese cambio entre millones, signifique una mutación en las especies.

He aquí un fragmento de ese libro de Jacques Monod

Si los vertebrados tetrápodos han aparecido y han podido dar la maravillosa expansión que representan los anfibios, los reptiles, las aves y los mamíferos, es porque en el origen, un pez primitivo “eligió” el ir a explorar la tierra donde no podía, sin embargo, desplazarse más que saltando dificultosamente.
El creó así, como consecuencia de una modificación del comportamiento, la presión de selección que debía dar lugar al desarrollo de los poderosos miembros de los tetrápodos.
Entre los descendientes de este explorador audaz, este Magallanes de la evolución, algunos pueden correr a más de 70 kms por hora, otros trepan a los árboles con sorprendente agilidad, otros, en fin, han conquistado el aire , cumpliendo, prolongando , amplificando de modo prodigioso el “sueño” del pez ancestral”.

Y ojalá ocurra lo mismo con los sueños de justicia, de igualdad política y de fraternidad de los humanos.

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