Los perros de la memoria

“Days turn back like children from the dark”
Hugo Williams

Salamanca, colegio de los Hermanos Maristas, Curso de tercero de Bachillerato A, 1963. Todo el grupo está en clase de castigo las tardes de miércoles y las mañanas de los sábados, que son libres para el resto, hasta nueva orden, por meter piedras grandes en el aula, pasarse las radios en la hora de dibujo y dejar encerrado al profesor de Latín, “Elcuatropelines”, en el aula, amén de otras gracias y eleluyas.

El hermano Enrique, un navarro grande apodado “Elelefante” por su tamaño y por haber residido en África durante algunos años, lo que le genera orgullo y multitud de anécdotas, amén de repasos continuados de los mapas físicos del continente con la forma de corazón, encarga una redacción de no menos de trescientas palabras, con tres temas que hemos tratado durante las semanas de castigo, de los que hay que elegir uno: el partido de fútbol contra los del grupo B, el documental sobre Kenia y Tanganika, y El día de difuntos. El “hermano” está sustituyendo en las horas de castigo de los miércoles y los  sábados al titular de la asignatura y tutor del curso, hermano “Repila” (“nadie se me sube a mí debajo del sobaco a hacerme las cosquillas” “nadie puede hacer en mis clases mangas y capirotes” “ póngaseteme a mí de pie junto al cristalón”) para que el castigo no se convierta en cachondeo y sea la pesadilla que se muerde la cola.

Hay un respeto enorme al “Elelefante” porque no es mala gente, lleva el pelo a cepillo, tiene humor y todos le vimos el curso pasado hacer volar por los pupitres, literalmente, a bofetones de su mano gigantesca y sin perder la sonrisa, a uno de los primos portorriqueños de Luis Rodríguez, “Elniñochogüi”, que estaban en el colegio en año de paso y hacían lo que les venía en gana, y el primo, con los pantalones de loneta blancos todos meados, nos explicaba en el recreo “cooño, men, a caaa golpe que me pagaba se m’salia un chorriiito”. Y esa fue una de las anécdotas más repetidas del curso.

Está ya mediado el mes noviembre y hace frío en el otoño salmantino. Todos nos ponemos manos a la obra escribiendo con más o menos desgana, sabiendo que “Elelefante” corrige los textos, luego te selecciona y te hace leer en alta voz y, ante toda la clase, se ríe de lo que le parece- sea una falta de ortografía o una falta de imaginación- con su vozarrón de navarro y su carcajada franca.

Pasan unos largos minutos de silencio y se oye a César Real preguntar desde la parte de atrás con voz de gran interés “Hermano, ¿se cuenta la “y” como palabra?” Y Elelefante “No se cuenta, señorito, no se cuenta” y, un poco más tarde y más atrás, al defensor del pueblo, Tino Rodero, “¿Y la “de”?” El hermano elefante se vuelve y aprieta a Tino los trapecios a la altura del cuello, medio en broma, haciéndole exclamar “Ay, ay, hermano, por favor, hermano, que ha sido una pregunta…” “¿Una pregunta? Responda usted mismo a la pregunta, señorito” “Sí, sí, sí, pero suélteme, hermano, por favor, suélteme, que me desgracia”.

Para cuando Tino ha dicho, un par de veces, en alta voz que no, que no se cuenta “de” como palabra, César ha pegado en la espalda delelefante un monigote blanco, con gran sorpresa del resto de la clase que mira hacia atrás con temor e hilaridad contenida y, entonces, Ángel Pérez, el tío que más tartamudea y mejor imita a Tony Leblanc, hace correr una bola de cojinete de acero regla abajo, hacia el agujero del tintero del pupitre y la bola cae y se desliza dentro del pupitre con cierto estrépito y Elhermanoelefante se acerca “Póngase de pie, señorito, y abra su pupitre” Ángel obedece, con cara humilde y temerosa y allí – ¡oh milagro del beato Marcelino Champagnat! – aparecen fotos de África recortadas de una revista del Domund, libros de texto en pleno orden, y una edición muy usada, a pesar de su novedad, de “Un aventurero en Tánger”, del escritor navarro Ramón Ordiales, que Ángel trae de parte de su hermano Manolo, estudiante de quinto de Filosofía y Letras, para Luis Alcalde, el tío que más lee -de contrabando, por supuesto- de todo Maristas.

Ángel tiene tendencia a la hilaridad descontrolada y todos tememos que estalle en carcajadas pensando en el monigote pegado en la espalda de “Elelefante” y en la coartada de las fotos y el libro, y se descubra el pastel y se monte el pollo padre, pero el miedo a “Elelefante” lo puede y se contiene, y “Elhermanoelefante” mira alternativamente a las fotos del Domund, a la bola de acero, a Ángel y al libro, y finalmente, como si se tomara un descanso para pensar con detenimiento un castigo, interpreta que Ángel lo está leyendo y se lo requisa. Y, al momento, suena el timbre del recreo y nos levantamos y “Elelefante” ordena a Ángel dar diez vueltas al patio y otras diez a Tino y lo mismo a César.

Al bajar las escaleras, en la puerta de salida al patio, por miedo a la que se puede liar en el recreo, con el monigote en la sotana del elefante y otros curas merodeando con ganas de charla, empujo a Luis Alcalde contra la espalda del hermano, momento que él aprovecha, trastabillando, para quitarle el muñeco y, cuando el cura se vuelve, le suelta “Hermano, es que quería decirle que ese libro es mío, para que luego me lo devuelva”, a lo que el cura asiente con un gesto de la cabeza, mirando a Luis de arriba abajo sin darle importancia, mientras se aleja a conversar con otros curas al borde del campo de fútbol. Toda la clase respira tranquila y se descojona de risa en grupos por el patio y algunos van al otro lado del campo de fútbol a darle la noticia a los corredores de que el elefante ya no tiene el monigote

Un rato antes de acabar el recreo, los tres corredores de fondo pasan al lado del elefante y César le dice sonriente y triunfal “Solo nos quedan dos vueltas, hermano” “Pues añadidle otras dos, por haber recortado en las esquinas, señoritos”- responde el cura. “JJJóder, tttte lo dije, es mmmmejjjjor no decirle nada” tartamudea Ángel, “Tienes razón, Angelito, con este no se puede andar con bromas”, añade Tino Rodero. “Todavía paso de vueltas y me meto en los servicios” suelta César. “No jodas– corta Tino – que nos la cargamos todos”

Durante años, cada vez que nos juntamos algunos de los antiguos alumnos de aquella clase, Ángel Pérez ha recordado esta anécdota riéndose sardónicamente entre tartamudeos, y siempre se produce el mismo diálogo

“El hermanoeleffffante, el hermanoeleffffffante. ¿Y, pppppor qué cccccojones tenía yo que tirar la bola por el agggggujero para que me viera lo del Dddddomund y el libro de Tttttttánger
“ Porque Elelefante te miraba con buenos ojos, Ángel” dice César muy concluyente y con cara de cachondeo
“Ssserás cccccabbbrón, CCCCéeeesar, serás cabrón”, tartamudea Ángel, muerto de risa “¿Ccccon bbbbuenos ojos? ¿Ccccon bbbbbuenos ojos?”

Ps.: El mismo día del entierro de César, su segunda esposa Brigitte Auloy me comentó que él había estado muy interesado después de la última Navidad en entrar en mi blog, con un alias y un correo que yo no identificase, y que le había mandado a ella un mensaje para comprobar que ese correo funcionaba. El nombre de su correo – me lo manda en otro mensaje Brigitte – es “perrolobo” y cuando compruebo las entradas de ese usuario veo que los comentarios que me ha hecho van desde “qué chorrada” a “vale, tío, así se habla”, pasando por “bobadas” o “bah”, “esos cabrones no han leído ni a Nietzsche, ni a Santa Teresa”,  etc. Mi correo es “canes”. De ahí este texto

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