Despedidas y recuerdos en Zanzíbar

La despedida es siempre el lado más amargo de los más hermosos viajes, así que al atardecer del 21 de julio, cuando ya se ha extinguido la incomparable luz de polvo de oro en la playa de Kiwengwa, los diez viajeros del grupo más el masai Jeremías, hermano de Manolo, celebramos la última cena juntos, Celia y yo tenemos billete para un vuelo del día 23 a las 14:30 desde Dar es Salam y es preciso salir un día antes de Zanzíbar por el horario de los barcos.

Celebramos con champán, para aplacar los embates de la melancolía, champán y velas porque hoy la electricidad se ha ido, al parecer por varias horas. “Por estos días tan bellos y esta luz de Tanzania”. “Salud”. Se alzan las copas y los deseos y mientras bebemos al borde de la playa se oye la respiración espaciada y calma de esa madre inmensa, la gran kundalini sagrada que es el océano Índico. Cati dice que va a esperar sentada a la puerta de su bungalow, que está enfrente del nuestro, para recoger, gratis, los cacharros que, seguro, no podremos meter en las maletas, y reímos contando las anécdotas, “cariña, rafiki, guajeri, jambo, karibu, apana, sitakis, moya, bili, tato, ena, tano” de nuestras últimas compras, regateos y agobios con los nativos de las tiendas de la playa y de Stone Town, los miedos de Manolo porque no llegábamos de la Ciudad de Piedra, los ricos sabores de los espetones de marisco y los olores de ylang-ylang y de todas las especias del mercado, y aunque la mayoría – excepto Marta, Manolo y Jeremías que se quedan – nos volveremos a encontrar en el aeropuerto de Qatar, ya nos prometemos un reencuentro en otoño para una puesta a punto de fotos, impresiones globales y nuevas perspectivas de todo el viaje.

Hacer las maletas a linternazos, con la de recuerdos que hay que embuchar, no es una práctica aconsejable, y menos si tienes que pedir prestada la linterna, otra vez, a Eduardo, así que pido al dueño de los apartamentos unas velas que me llevará, según promete, al bungalow en unos momentos. Esperamos sentados en los porches y, al llevarnos las velas, el hotelero nos pide disculpas por el apagón “this is África, my friend, this is África, hakuna matata”. Y le contesto “Don’t worry, we’re on holidays, hakuna matata. But for you… hakuna matata for ever and ever? Entonces, se oye la voz, una voz de hombre que pasa cantando por detrás de los bungalows, la misma canción cada noche, algo que es cante jondo, sura del Corán, y canción hindú a la vez y que todos escuchamos en silencio hasta que se va perdiendo en la oscuridad. Le pregunto a nuestro anfitrión qué dice la canción swahili, y me traduce

“Alone with my thoughts, I wander.
No tracks, no stars.
How can you know your destiny?
A palace out of tears, a treasur of sorrow.
Sing and drive away your troubles”
(A solas con mis pensamientos
Camino sin rumbo, sin estrellas ni veredas
¿Cómo sabré mi destino?
Palacio hecho de lágrimas,
Un tesoro de penas.
Canta y echa fuera tus problemas)

Se despide el hotelero y esa voz me trae todas las voces de la playa, los requerimientos de los vendedores de las tiendas, los flirteos y escarceos de las italianas con los masáis, las palabras del capitán Mateo, “en ese poblado miserable vivimos hacinados todos los que trabajamos en esta playa” y, mientras hago las maletas y embucho hasta el último resquicio de recuerdos, telas, cuadros y maderas, pienso que Zanzíbar, la bella y cautivadora isla perfumada por todas las especias, la del mar esmeralda y las arenas de oro, guarda todavía muchos restos de otros tiempos, restos de la cloaca moral que fue en su días de esplendor en la venta de esclavos, cuando las playas aparecían repletas de cadáveres y restos humanos, o de niños castrados para ser vendidos como rentables eunucos que se desangraban con un agujero en el vientre. Pienso en los largos viajes de las caravanas de esclavos desde las aldeas del interior, masacradas para las capturas, caravanas cuyo rastro seguían manadas de buitres y de hienas ávidos del olor de la muerte; pienso en las violaciones de los muchachos y muchachas en los días que duraba el trayecto; pienso en las subastas al atardecer en el mercado de Zanzíbar; pienso en todas esas atrocidades y recuerdo que Zanzíbar, la isla perfumada, vivió mucho tiempo acostumbrada al olor de la muerte…

“A ninguna tierra en el mundo se le ha expoliado como a África, a ninguna tierra se le han robado sus riquezas, se le han sometido a esclavitud y se han vendido sus hijos más jóvenes y hermosos, por miles y por muchos años, a ninguna tierra se la ha exterminado como se ha hecho con África, ni durante tanto tiempo” me había dicho en la playa, sin cambiar su sonrisa amable el “capitán Mateo”, el chico swahili que tripulaba la pequeña embarcación, el pequeño dhow de nuestro viaje al arrecife de coral.

“Babu, siéntate con nosotros y hablamos”-dice masái Jeremías. Me siento con todos en el porche y observo que Jeremías bebe cerveza y, a la vez, un aguardiente local bastante fuerte. “Creí que vosotros no bebíais alcohol, masái” le digo. “Sí, pero yo bebo para no pensar, solo para no tener pensamientos” y, al momento, “vende tus vacas blancas, babu, compramos dalla-dallas y somos ricos pronto”. La idea no sería mala pero en vez de eso le digo “las vacas blancas son sagradas, masái, las vacas blancas no se venden” y siento que hemos intercambiado los papeles, él es un hombre de negocios occidental y yo un pastor de ganado tanzano. Espejismos de África.

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