A César por Emilio Prieto de los Mozos

EMILIO PRIETO DE LOS MOZOS
Catedrático de Universidad
NO necesito escudriñar en la memoria para localizar mi primera imagen de César, César Real Ramos: era el nuevo, uno que había llegado a los Maristas tras estudiar dos años en Tours. Era aquel chaval que, en vez de chapurrear el francés en clase, como todos los demás, lo hablaba. Era también aquel chaval que sabía más que nosotros, que conversaba con ingenio, que irradiaba ese tipo de inteligencia que acompaña inevitablemente a los hombres valientes y brillantes.

Mis recuerdos brincan en el tiempo de la misma manera en que el tiempo brinca sobre nosotros: lo veo, años más tarde, componiendo aquellos poemas tan arrebatados como exquisitos. Sigo oyendo el sonido íntimo de su guitarra rompiendo por bulerías el aire brumoso del atardecer de Grindelwald, allá en los Alpes berneses, a la sombra amenazante del Eiger. Sigo viendo su pasaporte, sellado en mil fronteras, desencuadernado por mil viajes, mil experiencias, mil deseos de entender el mundo. Lo sitúo como profesor en la Universidad de Hamburgo, en la de Maguncia, en Uruguayana, otra vez en Salamanca
como profesor y director del Departamento de Literatura Española e Hispanoamericana, y siempre entre amigos.

Lo veo aún en el Palacio de Anaya ordenando sus fichas de clase primorosamente caligrafiadas, paseando distraídamente por la Rúa, disfrutando de la naturaleza armónica de las tierras del oeste salmantino en que residía, viviendo la vida como solo saben vivirla quienes la aprecian, quienes saben amar, quienes saben que somos lo que de nosotros atesoran las personas que nos quieren.

Y César, nuestro amigo César, nos ha dejado el pasado 27 de julio. Ha muerto el profesor, el amigo, el hermano, el marido, el hombre. Ha muerto como vivió: como mueren los hombres queridos, valientes. Él se ha ido, y, es cierto, los pájaros seguirán cantando. Pero muchos, todos los que han estado a su lado, sentirán, sabrán que el mundo será mucho menos bello, mucho menos interesante, mucho más triste sin él.

Adiós, César. Adiós, amigo.

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