De amigos, viajes y distancias. Uno: De los animales autóctonos al árbol de familia, con la voz de la semilla y del viento

Me manda mi gran amigo y entrañable compañero de facultad, Antonio Mariaca, mensajes por facebook desde la hermosa ciudad boliviana de Santa Cruz de la Sierra, donde reside actualmente entregado a la docencia universitaria.

Antonio, que ha viajado por medio mundo como diplomático de su país,  me sorprende hablándome del gran descubridor extremeño Ñuflo de Chaves, nacido en un pueblecito cercano a Madroñera y Trujillo, Santa Cruz de la Sierra cuyo nombre trasladó, como fundador que fue de ella, a la riquísima ciudad boliviana homónima, capital del departamento de Santa Cruz, en la Amazonía oriental, hoy con más de dos millones de habitantes, considerada la capital económica, financiera y turística de Bolivia y el centro geográfico de Sudamérica, lugar de emigración de gentes del resto de Bolivia y de otros países del mundo.

Por otra parte, Celia y yo dedicamos el último domingo de mayo a una excursión por tierras cacereñas que iba destinada inicialmente y, por razones  exclusivas de negocio, a la visita de una explotación de vacas blancas extremeñas en Sierra de Fuentes,  destino que a la voz de ¿y si…?  se fue extendiendo – por el deseo de visitar Madroñera y la casa ancestral de los abuelos paternos de Celia –  a una comida y recorrido por Trujillo; la mencionada  investigación ancestral en Madroñera ; el  intento de entrada al parque zoológico de fauna autóctona extremeña llamado El Tencarral,   regentado por dos primos de Celia; y, finalmente, la visita de Santa Cruz de la Sierra, el pueblecito de Ñuflo que conserva su memoria y también testimonios de su relación con su homónima boliviana en un coqueto parque, donado por instituciones de aquella ciudad amazónica.

De la excursión, además de la belleza señorial de Trujillo y del atractivo autóctono de las vacas blancas cacereñas, hay varios hechos de los que dejar aquí aunque solo sea un poco  de memoria.

El primero es que nos pareció muy digno de consideración que un pequeño pueblecito del interior extremeño haya sido la semilla de una ciudad al otro lado del Atlántico, en pleno centro de Sudamérica, con más habitantes  que toda Extremadura; y  así,  yo empiezo a pensar que Antonio me habla de Nuflo a modo de anzuelo, como ya lo hizo con la cantidad de música de esta parte de su tierra boliviana que nos hizo degustar en nuestros años de estudiantes salmantinos.

El segundo es que, cuando uno se echa a andar, cree inocentemente  saber por dónde irán sus pasos pero luego se bifurcan  los caminos y los senderos, se bifurcan y te trasportan, como  escaleras mecánicas de centro comercial,  a otros destinos y otros tiempos.

Y el tercer hecho  es involuntario y tomamos de él conciencia cuando, al intentar visitar El Tencarral, el encargado nos dice por teléfono que esa tarde de domingo no se abre porque la madre de los propietarios, la tía Manolita como la llama Celia, está ingresada y han ido a estar con ella a Villanueva de La Serena. Lógicos achaques de la vejez, pensamos, ya que el tono de la persona que nos da el recado no parece indicar nada más grave… pero este hecho parece venir en brazos de un viento de tristeza.

Y de ese viento os hablaré más adelante, y de otros  acontecimientos.

Hasta próxima entrada

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