“Hoy, Júpiter” de Luis Landero

hoyjupiter_webEl otro libro de verano del que he hablado en este cuaderno es el de Luis Landero: "Hoy, Júpiter" (Tusquets, 2007) y quiero empezar el comentario, ahora que hemos empezado el invierno, con dos citas del autor que me parecen significativas para esta y casi toda su obra:

“Para mi la felicidad tiene tres patas: una es la salud, otra es no pensar en el dinero y la otra tener tiempo libre,”   y también "Como profesor soy como un anfitrión que presenta a los lectores y al libro, de manera natural, sin demagogia, ". Y es que el lector de esta novela se encontrará con un libro de interés suficiente para no abandonarlo, olvidarse del dinero y encontrarse a gusto (qué mejor salud). Además, se sentirá tratado como lector sin demagogia y de manera natural,  lo que es un placer cada vez más difícil.

Hoy, Júpiter, ha sido llamada con razón novela dual, ficción partida en dos porque presenta un par de historias sin aparente conexión que finalmente se entreveran, las de Dámaso Méndez y Tomás Montejo, dos tipos que sobreviven como pueden entre la hostilidad y la promesa de futuro, dos individuos que llevan su propia existencia sin conocerse, sin tratarse, con un discurrir paralelo… hasta que algo más allá de la mitad del libro confluyen ambas historias. Al igual que en Arthur & George, de Julian Barnes, el lector asiste al desarrollo de dos historias paralelas gestadas desde la infancia y adolescencia de sus respectivos protagonistas, muy dispares entre sí. Son como una ilustración de lo que dice Ángel González -"para que yo me llame Ángel González cuántas coincidencias deben haber pasado" (cito de memoria)- cuando nos habla de que somos hijos de unos acontecimientos previos a nosotros mismos causados por el azar.

Hasta ese momento del libro en que confluyen ambas historias, la novela transcurre con precisión y detalle, entre la declamación y el folletín, entre la exaltación y el rencor, entre el costumbrismo explícito y la elocuencia redicha. Esto sucede porque el escritor –muy ducho en literaturas– adapta la prosa de su narrador (entre Baroja y García Márquez) a las necesidades de los personajes, a su punto de vista, al estilo indirecto libre que les expresa vicariamente.  Pero esos guiños no se dan sólo en la facundia expositiva o descriptiva del narrador. Incluso el índice pregona servidumbres deliberadas, homenajes literales y paródicos en los títulos de los capítulos: “Qué pasa cuando no pasa nada”, “Estampa idílica. Una pequeña hazaña”, “Una visita inesperada”, “Artes de seducción”, “Llega una desconocido”, “Viñetas sentimentales”, “Las servidumbres del amor”, “Los placeres del odio”, “Un hallazgo insólito”, “La doble vida del gran Berny Pérez”, “Aquí empiezan las verdaderas aventuras”… En cualquier caso, el castellano empleado es rico, vigoroso, un idioma que se amplifica con facilidad precisa y dominio verbal.

A partir de la confluencia de ambas historias, el lenguaje y el estilo sufren una nueva readaptación y, así, se acomodan a la narración de intriga: es entonces cuando leemos un idioma más económico, más rápido, pensado en términos de eficacia y de urgencia, con elementos de suspense y de agnición. La agnición (o anagnórisis) es un recurso muy empleado por la tradición literaria y alude a la revelación de una identidad confusa, según sostiene Aristóteles en su Poética. De repente, lo que estaba emboscado o era disfraz aparece tal cual es: sin ficción. Los viejos folletines (a los que esta novela rinde constantemente un homenaje cómico) utilizaron con frecuencia este mecanismo: permitía aclarar lo equívoco o ambiguo, pero permitía también reparar lo erróneo. Ahora bien, con este recurso, Landero nos busca el mismo efecto de antaño. En los folletines, la agnición es consolación, como recordaba Umberto Eco en El superhombre de masas. En ellos, la clave del relato está en descubrir la identidad equívoca o emboscada del personaje sobre el que gira la historia para así poner a cada uno en su sitio: los villanos reciben su merecido y los buenos tienen finalmente su justa reparación.

Pero en Landero las ficciones de la identidad no son una sombra que pueda desvanecerse, ni mero embuste por el que pagar, ni tampoco simple cosmético: son, por el contrario, esa segunda piel que no nos podemos arrancar, algo más que maquillaje o afeite, un espectro al que nuestra luz da vida. Esas figuras literarias  se despliegan en cada unas de sus criaturas principales proyectando sobre ellas un “doble y oscuro fondo autobiográfico”: el de la vida vulgar, previsible, acomodada, y el de la vida fantaseada, embustera, creativa, peligrosa. Esas figuras literarias son también la propia imagen de un Luis Landero partido y transfigurado que se refleja en sus criaturas.

En efecto, el autor reitera con otros medios, con otras circunstancias y con otros personajes, algo que ya estaba en la primera novela que publicó. Hoy, Júpiter tiene, en efecto, un indudable parentesco con Juegos de la edad tardía. En aquélla y en ésta, los personajes experimentan la sensación de crecer y de envejecer en sombras, en una ficción; y esos disfraces o espectros, lejos de poder arrancárselos, son un modo de vivir y de sobrevivir con angustia o felicidad aturdidoras.

La ficción no es esa dolencia que algunos creen, sino el espacio mismo en el que muchos existen sin remedio y hasta con placidez: son individuos menesterosos que se crecen cuando se creen su máscara o cuando se reconcilian con su sombra. Todo muy cervantino, como ven, pero es que lo tratado en el Quijote no se agota: hay que abordarlo una y otra vez por cada generación, por cada autor o lector que en alguna ocasión se han juzgado impostores. “El argumento del drama”, parece responder Landero, con Cervantes y con Ortega y Gasset, “consiste en que el hombre se esfuerza y lucha por realizar, en el mundo que al nacer encuentra, el personaje imaginario que constituye su verdadero yo”.

La cubierta de "Hoy, Júpiter" expresa muy bien esa idea que está flotando en cada una de sus páginas. Ilustrada dicha cubierta con una fotografía de Sven Hagolani, vemos en ella a dos hombres, uno real, de carne y hueso, de quien no identificamos las facciones de su cara, y otro… de quien podríamos divisar su rostro si fuera real y no meramente la sombra del anterior. El primero extiende su brazo para estrechar la mano en lo que parece un gesto de saludo o de conocimiento. El segundo, esa sombra, también. Ese personaje en sombras que se perfila en la cubierta es gigantesco, de dimensiones mucho mayores que el individuo real, pues el chorro de luz que llega a la espalda del hombre de carne y hueso proyecta una figura espectral de tamaño amenazador o grandioso. En cualquier caso, el humano y su sombra tratan de entrelazar amistosa o cautelosamente sus manos: el individuo y su fantasma se avienen a tocarse, dando lugar a lo que parece una escena de reconciliación que no sabemos si se consumará. El libro que sigue, la novela de Landero y las cuatrocientas páginas que se añaden son la respuesta.

Esta es una idea reiterada en nuestro autor, algo que forma parte de su motivación literaria. En el prólogo firmado por Landero para Juegos de la edad tardía (edición de 2005), lo expresó con claridad y aquellas palabras sirven para entender mejor Hoy, Júpiter. Ese yo que se busca en todas sus novelas y esos personajes que menesterosamente se crean identidades en parte empeñosas y en parte quiméricas son el autor, obsesionado desde niño con la figura afanosa, perturbadora, exigente del padre, de un padre extraordinariamente parecido al de Dámaso. “¿Qué quieres ser de mayor?”, recuerda Landero que su padre le decía. “Ésa era su gran pregunta”, añade en el prólogo de Juegos de la edad tardía. “Le irritaba, le asombraba y le decepcionaba profundamente que yo no supiera lo que quería ser de mayor. ¿Abogado?, me incitaba él. ¿Médico? ¿Aviador? ¿Mecánico? Y enumeraba profesiones sin cuento. Luego me decía: puedes ser lo que quieras, pero siempre el mejor, siempre el número uno, siempre un gran hombre”, concluye el escritor para aceptar finalmente que aquella obsesión paterna le “llenaba de miedo y de culpa”.

La literatura de Luis Landero es un respuesta creadora a ese miedo y a esa culpa, algo que regresa una y otra vez y a lo que se le da alivio con novelas ricas y gozosas cuyos personajes son cachitos condensados o desplazados del escritor, pero también, y en eso reside su importancia, esas figuras son el propio lector, porque como ya han demostrado sobradamente Cervantes con D. Quijote y han confirmado sobradamente el psicoanálisis y la ciencia moderna, todos somos una mezcla de nuestro ser vulgar y cotidiano y nuestro yo soñado y heroico.

El gran mérito de Landero consiste en reflejar ambas carencias, ambos desarreglos y, sin embargo, tratar con piedad y cariño a sus personajes y, con ello, a sus lectores, como si reconociera una ley o un destino que está por encima de todos los individuos y los empuja en sus propios actos

Landero explica así, como ya le confesara a Javier Marías, que a veces las voces que lo saben todo antes de que lo sepamos, se equivocan y nos mandan a la mierda.

En fin, leer a Luis Landero, para mí, es como sentarse a la orilla del río, alejarse de la maraña y descansar un poco.

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