“El alma de la ciudad”, una novela de Jesús Sánchez Adalid

Sánchez Adalid recibe la felicitación de la escritora Ágeles Caso. (Foto: EFE)Escribir novelas de éxito y dar misa. Eso es lo que hace el escritor Jesús Sánchez Adalid, párroco de Alange, un pueblo de la provincia de Badajoz, abogado y ex-juez y ganador del último premio Fernando Lara de narrativa, dotado con 120000 euros, por su obra "El alma de la ciudad".

 En la novela, un peregrino a Santiago de Compostela, durante el siglo XIII, cuenta a otros compañeros de camino, a modo de expiación, su azarosa vida  en las ciudades de Ávila, Toledo, Sevilla,  Coria y Plasencia,  y su protagonismo en la fundación de esta última, originariamente llamada Ambrosía, como mano derecha del primer obispo de la ciudad, quien pretende instaurar  un orden moral en ella, llevado por un afán místico y guerrero a la vez. 

En el viaje que es el camino de peregrinación, el protagonista narra a sus compañeros su viaje interior, la forja de su propio espíritu, que corre pareja con el nacimiento y desarrollo de la  ciudad misma y ambas, a su vez, se inscriben en el marco histórico de la Reconquista. Además, el narrador externo colabora entretejiendo los hilos de las vidas de los personajes.

Ambos, protagonista y narrador externo, manejan con soltura, limpieza y claridad los tres tiempos  que articulan el relato – el tiempo interior, el tiempo de los acontecimientos y el tiempo histórico- y lo hacen discurrir de modo simultáneo con los tres viajes físicos: el recorrido iniciático del Camino  de Santiago, el deambular vital del protagonista a la búsqueda de su propio destino y el caminar físico de la historia de la Reconquista con pasos de hombres y caballos, ideales y leyes, batallas y comercio, sacrificios y placeres, renacimientos y muertes.

El libro tiene el raro y enorme valor de hacer que lo difícil y esotérico- léase no solamente conocimientos históricos sino también teológicos, cabalísticos o místicos- sea visto con sencillez, de tal manera que todo él puede ser entendido como una parábola, una actualización históricamente contextualizada, una puesta en escena clarificadora de la compleja e influyente filosofía de San Agustín.

La ciudad y los hombres que la habitan son mostrados en su relación mutua y en toda su complejidad, atrapados en la doble lucha por sobrevivir y trascenderse. No es una historia de buenos y malos, no es una apología de ninguna religión ni ideología,  sino un retrato del tumultuoso corazón del ser humano.

Preguntado al respecto, el autor afirmó "la vida de una obra depende de su verdad, no de que encierre propaganda o maniqueísmo o esté dirigida a un lector concreto".

Yo, personalmente, la recomiendo no solamente a  los placentinos, extremeños y españoles curiosos de su historia, sino a todos los lectores que buscan en los libros algún conocimiento que dé sentido al caos de la existencia, y también a los simples aficionados a la buena literatura.

Por cierto, a la pregunta de si sus feligreses le leen, el autor contestó: "Para mis feligreses soy el párroco".

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