Monseñor Anasagasti

He visto a Anasagasti, en persona, en dos ocasiones. Una, subido a la escalera de la iglesia de la Clerecía, en Salamanca, y otra, comiendo en un restaurante madrileño del que no recuerdo el nombre.

Yo entonces era más joven y admiraba bastante a los demócratas de cualquier signo, pero en las dos ocasiones me vino la intuición de que el buen hombre iba para cardenal y se había salido por el camino. Con el tiempo y con sus intervenciones públicas, me he dado cuenta de que quizás cambió de credo y se metió por la senda de la democracia buscando ser cardenal y papable de esa nueva religión que, como buen iluminado, vio alborear en el horizonte de la historia.

Seguramente lo hizo por atajar, sin embargo, no sabemos por qué, después de 30 años, es algo público y notorio que la categoría de papable se le escapa y, dentro de la propia curia, lo que llena el magín de Anasagasti no es el soplo del espíritu sino el viento del ninguneo. Eso se corresponde muy bien con estas subidas de testosterona, esos ataques de bilis, y su inequívoca voluntad de ser más papista que el propio papa.

Pero no se engañen ustedes, dentro de la curia, él pertenece a una secta de titiriteros que andan haciendo equilibrios entre las pistolas, la nación y la verborragia, unos tipos curiosos que parecen bajar de las montañas, como Moisés pero enarbolando los panfletos de Blacaman, para convencer al público de que Su Nación se elevará a las alturas, no sabemos si como efecto de la revelación o de las bombas.

Mientras tanto, comprobemos con atención cómo el maná les está lloviendo y ellos escupen hasta el cielo.

En fin, para los que todavía no hubieran caído en ello, quiero presentarles a Monseñor Anasagasti como un prototipo cardenalicio de una de las sectas en que se ha desvirtuado la religión de la democracia, una religión a la que le van creciendo el número de no practicantes y el de tibios pero a la que, paradójicamente, se le llenan los seminarios.

También los de esta secta, aunque los carcamales que ofician en ella no se jubilarán mientras les quede un último aliento, suficiente para llenar la sacristía de ese olor de vinagre y almazara podrida, cuya sola evocación paraliza los espíritus y los cuerpos.

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